A golpes se aprende.

Recuerdo un día que Thomas F -compañero de clases-llegó al colegio con un extraordinario reloj que había heredado.

Con gran entusiasmo reunió a un  grupo de amigos de la promo en pleno recreo para mostrar los beneficios del reloj, entre ellos su función anti golpes.

Con notable orgullo arrojaba su reloj desde un metro de altura hasta el suelo para demostrar su resistencia.

Cada uno de los que nos agrupamos para ver la demostración  le pedíamos que volviera a arrojar su reloj cada vez más alto mientras nos sorprendíamos  cómo golpeaba el piso una y otra vez sin sufrir daño alguno hasta que llegó el Gordo Garcia. 

-¿Es anti golpes ?

Preguntó con su cacha característica.

-Claro dijo Thomas

-A ver dijo el Gordo lanzando el reloj hasta el cielo.

Luego solo Dios  supo a dónde fueron a parar la luna, las manecillas y las decenas de piezas que salieron disparadas al impactar contra el piso del patio del colegio al lado del quiosco.

-No es anti golpes añadió el gordo.

Thomas nunca supo cómo y menos a qué hora reclamarle.

La sister


Acaba de sonar la sirena y mi cuerpo necesita agua a gritos.
El desgaste físico durante cuarenta y cinco minutos ha sido arduo.
Mi alternativa inmediata, llegar al bebedero para saciar mi sed.
El riesgo: ser descubierto por la sister Clarice.
Corrían los setentas y con ellos, mis amigos del colegio y yo, aprovechando cada minuto de nuestro esperado recreo.
No importaba cuál fuera la actividad, todos disfrutábamos hasta el último suspiro porque sabíamos que la sirena indicaba el fin.
El fin del recreo por supuesto.
El retorno a las aulas previa formación.
Eran esos momentos deliciosamente atrevidos, los que  empapados de sudor, nos hacían decidir por el último momento de gloria:
Tomar agua sin que la sister nos descubra.
Como todo colegio religioso, las monjas tenían sus reglas y también sus métodos.
Estaba prohibido beber agua al sonar la sirena y los infractores eran duramente reprimidos.
La sister clarice -una monja de tremendo carácter a pesar de sus diminuta talla- era la encargada de cuidar los bebederos y prohibir tomar agua terminado el recreo.
Nadie podía discutir con ella y salir airoso. Menos , romper sus reglas.
A pesar de su corta estatura y avanzada edad, la sister Clarice era sumamente ágil y rápida.
Su sotana no era obstáculo alguno para correr velozmente; al contrario, parecía que volaba al ras del piso, como ave en busca de su presa: el infractor.
El que a pesar de las advertencias, tomaba agua después de lo establecido como lo hacía yo en casi todos los recreos con maliciosa felicidad.
Grandes sorbos de agua fresca saciaban mi indisciplina al mismo tiempo que un ojo vigilante advertía la aparición de la sister que se acercaba para atrapar a los bebedores ilegales.
Siempre escapaba de ella, ya que éramos muchos los infractores y solo los más lentos caían en sus garras.
Eso creía yo.
Uno de esos días, me encontraba nuevamente bebiendo agua cuando la veo venir. Rápidamente la eludo perdiéndome hábilmente entre mis compañeros y colocándome en fila con un cinismo digno de cualquier actor, como si nada hubiera pasado.
Mi posición era firme y mi rostro el del alumno respetuoso y cumplidor de las reglas.
De pronto, todo mi repertorio histriónico fue destruido en pocos segundos con el jalón de patillas más insoportable sufrido en mis años escolares.
La sister me había “marcado” durante días y esta vez cobró revancha luego que volara hasta una de mis patillas y se prendiera con asombrosa precisión sobre ella haciéndome ver a judas calato con ella a su costado.
Su diminuto tamaño le había permitido escabullirse entre mis compañeros para luego -con un salto felino- colgarse de mis patillas para hacerme notar la fuerza de su autoridad.
Hoy, cada vez que pretendo hacer  algo prohibido o cruzo el semáforo temerariamente en ámbar, casi puedo sentir ese jalón de patillas, como si la misma sister Clarice vigilara cada uno de mis movimientos.
¿Será mi conciencia?

Puntada con Hilo


Uniformes nuevos, libros recién forrados y zapatos relucientes reflejaban nuestro primer día de clases.
El curso: Formación Laboral.
La Profesora: Elva de Rosado.
-Buenos días alumnos, estamos iniciando el año escolar y he decidido que hagamos un trabajo para el día de la madre.
-Tomen nota de los útiles que traerán la próxima clase para este proyecto por favor…
-Anoten:
-Un retazo de tela, hilo y aguja, botones pequeños, medianos y grandes, corchetes, tijera y dedal.
Conforme anotábamos, algunos rostros se desencajaban entre risas.
-Silencio! Gritaba la profesora al más puro estilo militar.
-En esta clase aprenderemos a hacer basta o dobladillo, a coser, a zurcir botones pequeños y grandes, botones de casaca y a pegar corchetes…
Nadie creía lo que escuchaba, al menos los hombres; los machos que no podíamos de ningún modo aceptar semejante mariconada después de trabajar el año anterior con el varonil serrucho.
– ¿Aprenderemos a coser? preguntamos indignados.
Sí, y ese será el regalo para su madre y así le aliviarán una carga de trabajo. Respondió la profe orgullosa de su idea.
Aprender a coser no estaba en nuestros planes y lo peor de todo que nadie aprobaría el curso hasta entregar la tela con basta y con su respectivo muestrario de botones cosidos en fila.
Insufribles sesiones de pinchazos de aguja y jodas de maricas nos volvieron en seudos mini sastres, donde luego de aprobar un riguroso control de calidad y volvernos expertos con el hilo y la aguja, tendríamos nuestros regalos listos para ese día de la madre.
Un día muy especial , ya que la sonrisa de nuestras madres sería más que suficiente para sofocar esas vergonzosas horas de costura al recibir tan cuestionado pero maravilloso obsequio por su día.
Hoy, no recuerdo cuál fue la reacción de mi madre al recibir su regalo, pero sí las veces que en su ausencia pude hacerle la basta a mis pantalones o pegar el botón de esa camisa que necesitaba para alguna reunión de último minuto y que nadie podía ayudarme a coserlo.
En realidad el regalo fue para nosotros ya que no solo aprendimos a coser como muy pocos. Aprendimos también, a solucionar nuestras necesidades sin ayuda de nadie.